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Fiesta de Navidad en la empresa... Fun, Fun, Fun

19 de diciembre, ya ha llegado la maldita invitación de Navidad firmada por “el Dire” (Feliz Navidad Fernández reza el membrete) otro año más nos toca cantar en un karaoke, participar en las bromas y jueguecitos preparados para dicho evento y cantar alrededor del árbol casi cogidos de la mano simulando pensar “que suerte tenemos de pertenecer a esta compañía…”, es todo tan Navideño que no se si empezar a cantar villancicos desde ya o echarme a llorar.


22 de diciembre, seriedad en la oficina, aún no han empezado “oficialmente” las fechas del todo vale, no han empezado las fechas en las que veremos más sonrisas juntas que durante el resto del año, días mágicos que de nada sirven porque no ofrecen una continuidad en el tiempo. Sólo se oye algún “por dos números no me ha tocado” mientras todos nos aferramos a ese billetito como si fuera nuestra única salvación. Al terminar el día, caras entristecidas dicen: “bueno, por lo menos tenemos salud” “A ver la del Niño”.



23 de diciembre, ya metidos en plenas fiestas navideñas los directores y jefazos se desmelenan, se arremangan la camisa y en ocasiones hasta se atan la corbata a la cabeza como si nada importara de lo pasado desde el día 22 hacia atrás, son días de forzada dicha y felicidad, pero que de alguna manera amenazan al trabajador de manera continua repitiendo “disfruta todo lo que puedas y prepárate porque el 7 de enero nada de esto quedará ya latente”.


26 de diciembre, el ambiente se va caldeando pero a su vez es como si fuera un respiro anual. 15 días de desenfreno en la oficina, brindando con champán (cuando no nos dejan ni llevarnos los tupper de pollo a la sidra en días normales), abrazando a todos como si no hubiera mañana y con una sonrisa de oreja a oreja como si fuera lo mejor que ha podido pasar en los 17 años que llevo en la empresa, viendo las mismas caras y viviendo las mismas escenitas en cada periodo navideño “¡Fernández ven hombre no seas soso y canta el “Tamborilero” con nosotros!”


27 de diciembre, ya ha llegado el día, la famosa cena navideña donde el alcohol empieza a hacer estragos, las bolas del árbol de navidad se apoderan de las orejas de mis compañeras, el espumillón, a modo de tiara hawaiana en las cabezas de ellos y por si fuera poco nos encontramos “al Dire” en la más ridícula de las escenas, bailando los pajaritos y contando chistes encima de un escenario, como si fuera el hombre más cachondo del lugar. Es inevitable que en esos momentos tu subconsciente repita una y otra vez “esto es surrealista, esto es surrealista”.


7 de enero, aparezco con mi corbata y zapatos nuevos, atrás quedaron las fiestas, las bromitas, el champán y hasta el trozo de roscón de reyes que nadie quiso comerse por la mañana por miedo a que le tocará la famosa judiíta. Ahora soy yo el que se arremanga apesadumbrado, ha llegado el momento de enfrentarme al resto del año donde como por arte de magia el rictus gris y opaco “del Dire” invade de nuevo la empresa, ya no hay ni “Fun, fun fun, ni noche de paz”, se ha roto la magia de la sonrisa menos sincera, el apego más despegado y la alegría más triste del año.


Mientras tecleo mis objetivos anuales, hago un repaso de los logrados en el año anterior (aunque nadie lo quiera reconocer lo hemos hecho bien, muy bien diría yo), y sobre todo hago un círculo sobre una fecha en el calendario recién estrenado, la del próximo 22 de diciembre, no por volver a escuchar a mi jefe cantar “Ande, ande, ande la marimorena” sino para ver si me toca la lotería.

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